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jueves

NO PODEMOS PAGAR TODOS JUNTOS POR PECADORES


Sí hay una coyuntura que tiene mucho de verdad, pero que han sabido tergiversar con gusto, es el caso de los padres que han cometido actos lascivos y abusos.

La tentación de la carne, de manera desvirtuada, ante imposiciones que muchos ya ven “inhumanas” en un mundo de mortales y de confesiones cada vez más ardientes. Y les decimos inhumanas porque muchos pecadores llevan sus peores movimientos de vida al plano de la confesión, a manera de depuración y ponen a prueba a hombres que se consagraron a Dios…y la tentación les pegó.

Nada más imagínese a una mujer que confiese ante un padre que tuvo sexo quién sabe con cuántos y les hizo quién sabe que; o aquellos que no se confiesan en bares, pero que tuvieron aventuras, se masturbaron y desean una limpieza de su alma. Misma que es temporal.

Disculpen, pero sí el receptor de la confesión no está en todos sus chakras, esto es como ponerle porno a un adolescente.

Por ello la iglesia católica debe revisarse, ya que hay que empezar a ralear a quienes no pueden cumplir con esa especie de estoicismo de fe, de apartarse de lo mundano para poder apartar al rebaño del mal.

Lo bueno es que porcentualmente los padres, diáconos, sacerdotes, monjes, que han cumplido a cabalidad son muchos más. Pero ya es hora de darles más oportunidades, de profesar la fe cristiana más que con palabras, con ejemplos, siendo hombres al servicio de Dios, de la Iglesia y de una familia que les quiera: perpetuarse.

Quizás esta sea o no la solución a los abominables casos donde niños y adolescentes pasan a ser las víctimas, pero sí los minimizará.

Así también bajarán aquellos que dicen que los padres son unos hipócritas y quién sabe cuántos epítetos más. Por unos pocos, no deben pagar todos. Quienes eso dicen, se escudan que sólo se dedicaron a Dios y deberían ser inmunes al mundo. ¡Por favor, son humanos! Sienten y padecen y hasta la genética les ataca.

Para nada defiendo el abuso o la perversión, pero hay que centrarse en los que lo acometieron para que paguen ante la justicia y no temerles a todos por igual.

Bajo esa teoría, entonces yo también soy un homosexual o abusador o palangrista, porque muchos colegas periodistas lo son. Cada uno debe ser evaluado, por gremio y sus reglas, pero también por su identidad y trayectoria. El saco del mal no tiene profesión, entran individuos y cada uno merece su castigo y luego, de ser factible, el perdón.

Y en todas las religiones o sectas existen casos similares que no son denunciados: Pastores evangélicos que con la labia seducen a las “hermanas”; Testigos de Jehová que tratan a las mujeres como peones serviles y con un alejamiento social que les afecta en su interacción con sus semejantes; musulmanes que tienen a la mujer como menos que un objeto; y ateos que le inculcan rabia y odio a sus niños, niñas y esposos, creyéndose entes superiores capaces de humillar.

Entonces ¿introducimos en el problema a todos o vamos directo a los culpables? ¿Son las religiones al modo humano perfectas? ¿Pasan todos, las pruebas de Dios? ¿Podemos lanzar la primera piedra?

Muchas interrogantes, pero lo cierto es que encerrar a todos los que creen en la religión como perfectos para luego fustigarlos es un acto vil.

Y también a las monjas y los cuentos que de ella se tienen. También es el momento de dares libertades similares a los padres. Ellas, seguro estoy, que seguirán siendo buenas esposas de Dios hasta usando blue jeans o pudiendo bailar salsa.

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